Aquí os meto un artículo de una ponencia de Norma Vázquez en un congreso de interculturalidad y género que organizó Guernika Gogoratuz en 2004. Me parece interesante para el debate que estamos teniendo por varias razones: porque es una mujer venida de fuera, porque construye teoría desde su propia vivencia y porque´enseña también en los sentimientos. Creo que en nuestra construcción teórica no debemos dejar de lado que para que haya aprendizaje debe haber “movilización de sentimientos” y que esa deconstrucción de la que habla Juanjo es integral, es decir, debe afectar a nuestra emocionalidad, a nuestro modo de vivenciar el mundo. Esta transformación de los sentimientos nos permitirá por un lado que salte algo en nuestro interior cuando en cualquier contexto que no nos haya dado tiempo a analizar “algo no cuadre” y nos permitirá elaborar las herramientas de análisis y las herramientas de transformación…¿o qué?
Norma Vázquez, Psicóloga Mexicana-Salvadoreña
¿DE DÓNDE ERES?
Es una pregunta insoslayable, la hacemos y nos la hacen incontables veces a lo largo de nuestra vida. Es una seña de identidad que nos va a permitir identificarnos o diferenciarnos, construir el nosotras o el las otras. Como otros signos identitarios la pertenencia es como un caleidoscopio que según lo muevas te arroja diferentes figuras, escondiendo unos rasgos, poniendo otros de relevancia. Hoy quiero hablar de tres de esos rasgos y de su influencia en la construcción de la convivencia entre diferentes. El primero referido a la imagen, el segundo al estereotipo y el tercero a las costumbres (algunas). Hablaré de estos tres rasgos desde mi experiencia, que es lo que me han pedido, y quiero señalar que mi experiencia a esos tres niveles también es diversa. Por motivos de espacio resalto algunas, las que más me sirven para ilustrar las ideas que quiero desarrollar pero también las que me impactaron en su momento y me dieron que pensar. Añado además que hace 6 años que vivo en este país. En este tiempo mi experiencia ha variado. Mi manera de analizarla también. Antes era más temerosa, yo también me sentía más diferente. Ahora reconozco mi mestizaje no sólo en rasgos sino en costumbres, vocabulario, expresiones, gustos, soy de muchas partes aunque eso a algunos les parezca extraño.
Son las 9 de la mañana. Estoy esperando para atravesar una calle en el barrio de Deusto en Bilbao. Estoy sola, quiero decir, aunque hay alguna gente a mi alrededor, yo no estoy acompañada. No hablo, no me muevo. Sólo soy una imagen. Mi ropa no se diferencia tanto del resto de las mujeres de mi alrededor (creo), por lo menos no tanto como en los primeros tiempos de mi estancia. Estoy pensando en lo que me espera durante el día, o quizá no estoy pensando en nada. Simplemente estoy. Alguien, no alcanzo a distinguir sus rasgos, pasa a mi lado en una bicicleta. Grita (en ese momento no sé que me grita a mí): “Vete a tu puto país ecuatoriana de mierda”. Algo me dice que esa ha sido una agresión y miro alrededor. No hay nadie más de origen latinoamericano entre las personas que esperamos cruzar la calle, luego entonces concluyo que el grito me lo han dirigido a mí. Acabo de confirmarlo cuando me doy cuenta que la gente que me rodea o no me mira y mira al frente en una postura poco natural o me mira con interés, tal vez esperando mi reacción. Pero no puedo reaccionar. Me he sobresaltado. Me cuesta digerir ese grito. Tengo claro que me siento mal. Luego, con el paso del día intentaré quitarme ese malestar porque sé que no va dirigido a mí por ser yo, una persona en concreto. Me han gritado eso a mí por mi imagen. El racismo, las agresiones racistas, no necesitan de ninguna acción por parte del otro, en ese caso yo ni siquiera creía distinguirme demasiado pero me equivoqué. Me distingo porque mi imagen es distinta, mis rasgos son distintos, mi diferencia es visible. Quién ha gritado ni siquiera se ha detenido a observarme detenidamente, le ha bastado ver mi cara para agredirme. No sabe mi historia, no sabe nada de mí. Esa es la base de la agresión racista. Todas las mujeres con rasgos indígenas nos convertimos en ecuatorianas, de segunda, o sea, de mierda. Y todas ocupamos un espacio que no es nuestro de ahí que nos echan, que nos mandan de vuelta. Ante esa agresión no vale ni siquiera explicar a esa persona que yo no soy ecuatoriana. A él le da igual. A mí también. Me asumo extraña. A la agresión explícita se suma el silencio del resto. Cuando cuento eso a mis amigas y amigos recibo distintas reacciones. Las más de indignación, algunas me piden perdón, otra llora, ella ha vivido muchos años en algún puto país latinoamericano y nunca la han tratado así, me dice. Me pregunta qué hicieron los demás, les respondo que nada. Generalmente no hacen nada aunque tengo que decir que algunas veces reaccionan. En otra ocasión similar y cuando la agresión verbal fue más subida de tono alguien intervino, alejó al agresor y se acercó a mí a pedirme que no hiciera caso. ¡Claro que hago caso! Sé que eso no sucede en mi círculo, donde me conocen, sé que las agresiones racistas se dan por la imagen con gente que no me conoce, porque ese es el racismo. Y esa es una primera dificultad a vencer para la integración de la diferencia, para la construcción de una convivencia respetuosa.
SOBRE LOS ESTEREOTIPOS
Otra mañana. Ando justa de tiempo, espero que llegue una amiga de Nicaragua y quiero sacar una copia de las llaves de mi casa. Voy a la tienda y sólo alcanzó a dar mi llavero y pedir las copias. Supongo que a pesar de lo escaso de mi conversación se nota mi acento, que en esta ocasión se suma a mi imagen. El hombre que hace las llaves me pregunta ¿son para ti o para la señora donde trabajas? No alcanzo a comprender. Debo confesar que soy lenta de reacciones. Digo extrañada que son para mí y entonces él me explica algo de una oferta, de un euro menos y no sé que más. Un rato después con las nuevas llaves en la mano y una sensación extraña en el cuerpo me aclaro. El quería ser mi cómplice para sacarle un euro a mi empleadora (supuesta). Debería agradecérselo, supongo, pero no caí en la cuenta a tiempo. En esta ocasión no he sido agredida. Han interactuado conmigo desde la complicidad dando por supuesto que soy empleada de hogar. Bien, este es el estereotipo desde el cual muchas personas se relacionan conmigo. Quisiera decir que no me molesta pero no es del todo cierto. Me molesta y lo hace porque el estereotipo tampoco nos permite relacionarnos desde la diversidad. Yo, por mi imagen y mi procedencia, no tengo más espacio psíquico y social que ocuparme del trabajo doméstico. Ya tengo bastante con el que hago en casa me digo, además sé hacer otras cosas, me gusta hacer otras cosas, he estudiado para hacer otras cosas. Da igual, a mucha gente le da igual. Mucha gente incluso le parece que estoy de más, que debería estar en mi país, que quito espacio a otras personas. Hay otra gente que no piensa eso, por supuesto. Y sin embargo, casi siempre, incluso las amigas y amigos, me preguntan cuándo me iré. El estereotipo se multiplica. No sólo soy empleada doméstica sino estoy de paso. Tampoco los estereotipos son buenas fuentes para la integración.
LAS COSTUMBRES
He aprendido mucho en estos seis años sobre dos fuertes instituciones vascas que hacen el día a día diferente aquí que allá. “Vamos a dar una vuelta”, “¿Por qué no tomamos algo?”. Al principio me costó darme cuenta de la importancia social que para la integración tenían esas dos instituciones. En los países latinoamericanos donde he vivido no existen. Las vueltas son difíciles de dar cuando el espacio es hostil para el paso. Tomar algo se hace difícil cuando no proliferan o no existen los bares. Sí, en algunos países no existen tantos bares por metro cuadrado me he escuchado explicar una y otra vez. La integración es también socialización, en un grado importante. Es aprender el truco de pedir la ronda, de memorizar que una quiere un zurito, la otra una caña, la de más allá un mosto, hay dos que quieren rioja, una sidra y un agua. Vaya ejercicio de memoria. Y luego aprender que alguien paga una ronda sin apuro porque después pagará otra y si en esta salida alguien se queda sin pagar no importa, ya habrá más rondas. Es un arte. Para quién ha crecido en medio de estas instituciones le costará entender que las nuevas no lo dominemos. Que manejemos mejor la sociabilidad en casa, que nos cueste estar de pie tantas horas, aprender el truco de sostener conversaciones que se interrumpen y se retoman. Y es en esa socialización donde se va logrando la integración. Mis vecinos socializan en casa. Son un grupo grande de colombianos y colombianas que cada sábado nos dejan oír al resto sus cantos, nos invaden con el olor de sus comidas. Difícil interacción, por cierto. Cómo explicarles que tocar el timbre de mi casa a las 5 de la mañana y levantar un enfado monumental con ello no es racismo sino problema de convivencia. Yo tengo hoy menos problemas de convivencia con la gente de acá que hace seis años. He aprendido las reglas, me encuentro explicándoselas a la gente de allá que me visita. Es más, me gustan esas importantes instituciones de “dar la vuelta” y “tomar algo”. Comprendo que dicen mucho del carácter de la población vasca. Durante el primer año entre la lentitud para entender el significado, el frío que me invadía cada que estaba en la calle a pesar del vino y la amabilidad (chulería me dijo alguien una vez) de la gente que me rodeaba, no pude pagar una ronda. El día que la pedí y la pagué sentí que algo había cambiado. Ya me habían aceptado que no estaba de paso y me dejaban espacio porque habría más rondas. ¿Cuántas? No lo sé, me gustaría que no importara, que nadie me dijera que qué triste debo estar y cuánto debo extrañar a mi familia. De nuevo con el estereotipo. Me gustaría, sobre todo, que nadie me insultara por decirle que no está bien que saque las bolsas de basura del contenedor y las patee, porque me importa que las calles de la ciudad en que vivo, de mi cuidad, estén limpias. Y yo, una ecuatoriana de mierda, no puedo decirle eso a un vasco de toda la vida porque invariablemente surge la discusión, una discusión que llevo perdida de entrada porque pedir limpieza en las calles se convierte también en un derecho y yo en esa materia ando muy limitada. Y es que junto con la imagen, el estereotipo y las costumbres están los derechos, tan escamoteados. Pienso ahora en una paradoja. Yo, una convencida de la importancia de ejercer el derecho al voto, a quién nunca me ha gustado la abstención, hace años que no puedo votar. En el país que me da la nacionalidad me prohíben votar si vivo fuera de sus fronteras y en el país que vivo no puedo votar porque no nací aquí. O sea, quiero ejercer un derecho pero no tengo.
Pensar en la integración es pensar en el largo plazo. La inmigración es diversa, en su imagen, en sus motivaciones, en sus ocupaciones, en sus deseos. No todo mundo viene a expoliar este país como suele escuchar (mis oídos son muy sensibles a las charlas sobre el tema), no venimos a quitarles lo que es suyo, muchos venimos a dar aunque no se reconozca.
Una última idea para terminar. Siempre que veo la ETB cubriendo cualquier suceso internacional, aún en los confines del planeta, hay un cura vasco al que entrevistar, o una monja, y parece que tienen preferencia sobre cualquier dirigente o protagonista o una persona común y corriente de ese país que explique que está pasando allá. Me imagino que se pensará que el cura o la monja vascos, saben mejor las claves para que la gente de aquí se entere lo que pasa allá. Pero el camino de vuelta nunca lo he visto. Es decir, nunca he escuchado que entrevisten a personas inmigrantes con años de residencia en este país sobre el llamado conflicto vasco, por ejemplo. Desconozco qué opina la comunidad portuguesa, de larga tradición de estancia en este país, sobre el Plan Ibarretxe. Claro, como no somos parte de la ciudadanía únicamente estaremos ahí donde nos llamen (si nos llaman) para hablar de temas que supuestamente dominamos. Probablemente la población inmigrante no tenga muchas opiniones sobre la política local porque está ocupada en protegerse de las agresiones racistas o intentando sobrevivir en medio de los oficios estereotipados que nos asignan. Pero ahí está el reto de la integración. No podrá avanzarse en ella mientras no tengamos derechos. Los mismos, no pedimos más.
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Jueves, 8 de Marzo de 2007 at 9:41 am
me encanta la forma de reconocerse culturalmente integrada. yo he vivido siempre aqui, aunque mi imagen dice que no soy de aqui. esas reglas de socializacion en tierra vasca, pueden ser dificiles de reconocer para el inmigrante. pero las agresiones racistas necesitan de un “talento” que te impida ver no solo el dano que se hace, si no la falta de cultura identitaria propia que implican por parte de las personas que las realizan